Archives
Antes que ver el sol prefiero escuchar tu voz
30 de septiembre. Ahí estábamos Marta y yo, en el auditorio, viendo a "el desván del duende". Luego venía Coti, pero no teníamos mucha ilusión por él. Aun así nos quedamos a verlo. ¡Qué error hubiese sido irnos! A cada minuto que pasaba disfrutaba más, a cada minuto me encandilaba con más fuerza su voz argentina, esa Argentina, qué bello país.
Se la dedico a Cris, que sé que esta canción tiene algo de especial en su vida.
Mi vida sin ti
Me encantó bailar contigo... Me encantó esconderme, ilusionarme, reírme, sentir miedo, no saber adónde ir, no saber dónde se para el tiempo porque contigo todo se volvía infinito.
Me encantó llorar abrazada a ti, jugar con la imaginación, pensar, sentir, vivir.
Unas líneas regresan hoy a mi mente, versos y un libro. Y un corazón dañado, esperando otra ilusión, otro dolor, otra sonrisa, otro...
Esta noche te recuerdo, más que nunca. Las estrellas hoy no brillan.
Abrázame
Porque estas palabras significan más de lo que aparentan, porque bajo el nombre se halla un sentimiento. Porque me emociono con estas cosas, con los pequeños detalles, porque pienso en Descargamaría a cada segundo, porque ojalá mis manos pudiesen acariciar la encina, porque deseo, más que nunca, volver a veros.
Abrázame por favor, abrázame. Que el dolor se extingue cuando me cubres y recobra de sentido la palabra amor. Me hicieron creer que este sentimiento era enfermizo y ahora sé que quiero estar enfermo el resto de mi vida. Abrázame, donde quieras, que los demás lo sepan. Ya no me importa más que el puro amor que brota de nuestros poros. Que el mundo se llene de abrazos, para ti, para mí, para todos los hombres y mujeres que exigen ser lo nacido y vivir sin miedo en el alma. Que el dolor se vaya y volvamos a creer en la humanidad. Abrázame, que lo necesito, abrázame. Roberto Solá

"Despistes y franquezas", Mario Benedetti

LARGA DISTANCIA
- Hola. ¿Quién?
- Buenos días. ¿René?
- Sí. ¿Quién es?
- No importa quién soy.
- ¿Cómo que no importa?
- Verás que no.
- Un momento. Quiero saber con quién estoy hablando.
- Ya lo sabrás. A su tiempo.
- No estoy para bromas. Adiós.
.........
- Hola.
- ¿Otra vez?
- Sí.
- ¿Vas a decir el nombre?
- Por ahora no.
- Entonces.
- Pero hombre, no seas esquemático.
- Chau.
.......
- Hola.
- Aquí estoy de nuevo.
- ¡Qué pesado! O pesada. No sé bien.
- ¿Y no tenés curiosidad por averiguarlo?
- Bah.
- René, no cortes esta vez. Es larga distancia.
- ¿De dónde llamas?
- De alguna parte.
- Ufa.
- Después te diré mi nombre. Te lo prometo.
- ¿Cuándo?
- Después. No seas impaciente.
- ¿Se puede saber a qué tanto misterio?
- Te conozco.
- ¿Y yo a vos?
- También, pero menos.
- ¿Desde cuándo?
- Desde hace bastante tiempo. ¿Te acordás de cuando cumpliste catorce años? El 22 de julio de 1940.
- ¿Me conoces desde entonces?
- Desde antes. Pero, ¿te acordás de ese cumpleaños?
- Yo qué sé. Nada especial, supongo. Lo habré pasado con mis viejos y mi hermana. Y amigos.
- ¿En la casa del Cordón?
- Probablemente.
- Digamos, la de la calle Magallanes 1424.
- Qué precisión. ¿Se puede saber quién sos, carajo?
- En aquel cumpleaños estuve presente. Todos jugamos al ping pong.
- Siglos que no juego. Me gusta bastante.
- Lo hacías muy bien. Tenías un ataque débil, pero en cambio una defensa formidable. Llevaba horas hacerte un tanto y vos siempre contabas con que el otro perdía la compostura, la paciencia y por último el partido.
- Jugaba con todo el mundo, un partido tras otro, como un poseído. ¿Cómo puedo recordar con quiénes jugué el 22 de julio de 1940?
- Solo lo mencioné para que tuvieras un dato de referencia y para que aguzaras la imaginación. Por lo general, cuando jugabas te ponías una camisa de diseño escocés. Creo que lo hacías simplemente por cábala.
- Cierto. ¿Ves? De eso sí me acuerdo. Quiero decir, me acuerdo ahora que lo decís. Pero lo había olvidado. Los detalles se borran.
- No tiene importancia. Quizás otros detalles más significativos también se te hayan borrado, ¿o no?
- ¿Por ejemplo?
- Por ejemplo Estela.
- ¿Qué Estela?
- Estela nomás. Para vos hubo una sola. ¿O me equivoco?
- ¿Estela Dumas?
- Claro, ¿cuál otra iba a ser?
- ¿Y vos qué sabes de Estela Dumas?
- Bueno, somos contemporáneos, ¿no es así?
- También somos contemporáneos de Brigitte Bardot.
- Sí, pero con Estela compartimos una realidad, una época.
- No me has contestado qué sabías de Estela.
- ¿Antes o después de que se casara con el ingeniero Melogno?
- Pará un poco. ¿Sos Melogno vos?
- Le erraste como a las peras.
- ¿Sos Estela entonces?
- Como a las peras y a los duraznos.
- Entonces no sé.
- ¿Pero ni siquiera podés diferenciar una voz masculina de otra femenina? Eso es grave, René.
- Tenés una voz ambigua, o por lo menos suena así. Como si hablarás a través de un pañuelo.
- ¿Aquel pañuelito blanco? Esta vez acertaste. Estoy hablando a través de un pañuelo. Un pañuelo que me pertenece y que tiene la inicial R.
- ¿Ricardo?
- Frío, frío.
- No contestaste lo de Estela.
- Hace tiempo que no sé de ella. Pero lo último que supe es que la madurez le sentaba bien. Y que Melogno la hacía feliz.
- ¿Dónde?
- En la cama, muchacho. ¿Dónde va a ser?
- Quise decir: dónde viven.
- En Salto. Tienen dos hijos. Decidme ahora: después de esta larga temporada, ¿por fin tenés claro por qué la perdiste?
- Sí, por cobardía.
- Ah.
- Pero, ¿por qué voy a hablar contigo de este tema o de cualquier otro?
- Porque tenés necesidad de hacerlo con alguien.
- Puede ser. Pero nunca con un desconocido.
- No soy un desconocido. Ya verás.
- Pero es como si lo fueras.
- ¿Así que por cobardía? ¿A tal punto Estela era un riesgo?
- Sí.
- ¿En qué sentido?
- En todo sentido. Es claro que era un riesgo maravilloso. Mirá, nada más nombrarla y ya me duelen las mandíbulas.
- ¿Las mandíbulas? Qué romántico.
- Siempre que estoy tenso o me conmuevo o me pongo furioso o me invade la ternura, me duelen las mandíbulas.
- ¿Te dolieron por ejemplo cuando el problema laboral de Ipecsa?
- Seguramente.
- ¿Qué te pasó esa vez? Vos conocías los entretelones.
- Pará un poco. Sos Rafael, ¿verdad?
- Frío, frío.
- Sí, conocía los entretelones. Pero yo no era el responsable. Por tanto no tenía por qué asumir un papel que no me correspondía.
- Ésa es la explicación normal, la que está en los papeles pero, ¿y la otra?
- Pará. ¿Sos Raquel?
- No, viejo, no.
- ¿Roberto?
- Tampoco.
- ¿Qué otra explicación?
- La que te das a vos mismo. La que te diste. Porque te habrás dado alguna, ¿no?
- Conocía los entretelones pero los demás no confiaban en mí.
- ¿Por alguna razón concreta?
- No sé. Tal vez porque yo no confiaba en ellos.
- Amor a primera vista.
- Yo diría incomprensión a segunda vista. Pero nunca hay un solo culpable.
- Si tuvieras que resumir en una sola palabra tu actitud de entonces, ¿cuál elegirías?
- No hay una sola que lo incluya todo.
- Ya lo sé. Pero, ¿si tuvieras que elegir una?
- La más aproximada sería cobardía.
- ¿También era un riesgo comunicar a la gente aquellos entretelones?
- Sí, pero éste no era un riesgo maravilloso. La prueba es que ahora, al mencionarlo, no me duelen las mandíbulas.
- Tengo una duda, René. Si ya te reconociste dos veces cobarde, ¿cómo se explica que prestaras tu apartamento para aquella reunión ilegal?
- ¿Qué apartamento? ¿Cuál reunión?
- Vamos, René, no estés tan a la defensiva. No olvides que soy un especialista en tu biografía.
- No me gusta hablar de estos temas por teléfono. Y menos aún si es larga distancia.
- Indudablemente es una buena precaución. Aunque vos y yo sabemos que otras veces no has sido tan precavido.
- No sé a qué te referís.
- Seguro que sabés a qué me refiero.
- Mi palabra contra la tuya.
- Empate, pues. El partido se decidirá mediante ejecución...
- ¿Ejecución?
- De penales. ¿Acaso pensabas en otra ejecución?
- No pensaba nada.
- Sí pensabas.
- Otra vez tu palabra contra la mía.
- Llamémosle así, ya que te gusta.
- Llamémosle.
- Pero vuelvo a preguntarte: si te reconocés cobarde...
- Suena horrible.
- Digamos pusilánime, ¿te gusta más?
- Lo importante no es la palabra sino el estado de ánimo.
- Buena observación. Entonces, ¿por qué prestaste tu apartamento?
- ¿Sinceramente?
- Sinceramente.
- Te va a salir cara esta llamada.
- No te preocupes.
- Bueno, creo que lo pestré porque esa vez el riesgo era muy reducido y sin embargo servía para reivindicarme de pesadas flaquezas.
- Y no sirvió.
- No sirvió. Pero ya no vale la pena lamentarlo.
- Y está el problema del dinero.
- Me gustaría saber de qué estás hablando.
- Del poder que te dejó el tío Ignacio cuando se fue a Europa y que vos utilizaste para...
- Pará un poco. ¿Sos Renata?
- Tibio, tibio.
- Así que sos Renata.
- No. Soy René.
- ¿Tocayos? Eso sí que no me lo esperaba.
- Más o menos tocayos.
- ¿René con una "e" o con dos?
- Da lo mismo. Lo que cuenta es cómo suena. ¿Todavía no sabés si soy hombre o mujer?
- ¿René Oribe?
- Frío.
- ¿René Azuela?
- Congelado.
- ¿René? No conozco más Renés.
- ¿Estás seguro?
- Al menos, no me acuerdo.
- ¿Te duelen las mandíbulas?
- Ahora no.
- ¿Y anoche?
- Tampoco. Anoche sí me dolió el pecho. Fuerte. Muy fuerte. Hubo un instante en que creí perder la conciencia.
- Qué imprudencia. Nunca hay que extraviarla. No hay repuestos, ¿sabés?
- ¿Y no lo habrás perdido?
- Creo que no. Me sentí muy extraño.
- ¿Y ahora?
- También. Pero más lúcido, mucho más lúcido.
- Eso es bueno.
- Y además, tocayo o tocaya, quiero saber de una vez tu nombre, tu nombre completo. ¿No te parece que tengo derecho?
- Claro que tenés. Soy René Casares.
- Vamos, no jodas, René Casares soy yo.
- O sea que somos ¿cómo se dice? homónimos.
- ¡René Casares soy yo!
- No grites, por favor.
- ¡René Casares soy yo!
- Eras.
"El mismo amor, la misma lluvia", Juan José Campanella.
-En nada. -¿Cómo se hace para no pensar en nada? - Práctica. - Estás borracho... - No, borracho no. Un poco picadito nada más. - Tendrías que cuidarte, ¿no? para después de lo que pasaste. - Ah, te enteraste. Qué tipos. - Bueno, pero estás bien ahora. - Por supuesto, sí, muy bien. Fue un simple y vulgar intento de suicidio. Nada como para cortarse las venas. ¿Y vos? - ¿Qué? - ¿Cómo estás? ¿Y cómo va la vida de madre y esposa, digo? - Bueno, madre a secas. Me separé. - Ah, perdón, no sabía nada. - No, no hay problema. Andábamos mal desde antes de tener el bebé. - Es igual, se aprende. Bah, no se aprende un carajo.Es divino tu hijo, digo por lo poquito que lo vi, divino. ¿Cómo se llama? - Jorge. - ¡No! - No, boludo, ¿cómo se va a llamar Jorge? Gonzalo se llama. - Laura, mira, la última vez que nos vimos yo quedé un poco... - Prefiero no hablar de la última vez que nos vimos. Marita me contó que lo de Márquez fue idea tuya. Está bien eso. Uy, me parece que nos vamos a tener que ir. - Sí. ¿Qué pasa, ya no te gusta más la lluvia en la cara? - Ah, es cierto. Me había olvidado. No, pero no cae... - ¿Qué tienes miedo? - No, ya estoy grande. - Yo también, por eso. - Una vez te dije que no quería hacer más boludeces, ¿no? - También me dijiste que no estabas enamorada, pero que eso no importaba. Lo importante era el cariño, el respeto... Que el amor te quema. - Cambié de idea. Ahora quiero algo que por lo menos me chamusque un poco. ¿Vos no? - Yo... ¡qué sé yo! Yo de eso no sé nada. - ¿Cómo? ¿Y los cuentos maravillosos que escribías? - Eran una porquería, Laura. Te gustaban solamente a vos. El amor, el egoísmo, la pasión... ¡Quién me manda a mí escribir sobre cosas que no tengo la menor...! Sobre el miedo tendría que escribir yo. El miedo. Cátedra. Por miedo te perdí, por miedo aún que odio. Fallé a Mastronardi, a su hijo, a... Perdón, estoy un poquito. No quería. Yo siempre pensé que lo que tocara se iba a convertir en oro. Mira vos. Todo lo que toco se convierte en mierda. - Bueno, no está mal para empezar. Toma, te doy mi teléfono. - Sí, dame, métete. - Aunque sea tomamos un café. - Métete, métete que te estás empapando. - Jorge, quiero que me llames. - Sí, ya sé, cuando vos te propones algo...Métete. Laura, no voy a poder dormir. - Yo tampoco.
--¿En qué pensás?