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(ésta es la buena)

Sola. Maniatada hasta el alma, pero sola. Sola se adentraba en el mundo.
Incesante es el pedaleo de las agujas del reloj que pretenden manejar nuestro rumbo, sin ningún por qué ni para qué.
¿Acaso alguien sabe por qué pasan los minutos, las horas, los cafés?
Se hacía tarde, eran las seis, y su tren partía, puntualmente.
Colores azulados, encaje de párpados sin melodías, sin ningún aroma del que prendarse o, en el peor de los casos, gritar. Nada. Todo olía a costumbre. Todo menos ella.
Sola. Maniatada hasta el alma, pero sola.
Encuadernada entre palabras y silencios. Sola, rodeada de pequeños crepúsculos de luz que le rayan su morada y le inundan de calor ese pedacito de cara que hace siglos olvidó qué es la melanina. Rayada… rozando un triángulo equilátero. La cúspide de las sensaciones, el alba de los sentidos, la memoria de unos peces tristes que acabaron por desinhibirse del mundo. Su pasaporte, sus pies, el qué dirán.
Deambula entre su pasado y su futuro. La conexión entre ambos mundos se vio rota, desmenuzada, agrietada, empapada, como si un aguacero de mil años se hubiese estancado en su vida, como si el diluvio universal solo llevara su nombre.
La apatía empezaba a ser su más fiel amiga, y las horas muertas su tiempo, espacio y lugar. Ya no había sitio para una falda o un corsé, ni siquiera para un antifaz.
La cebolla, esta vez, había logrado descamarse. Sus capas se iban marchitando...
Ahora la cebolla tiene frío, y hambre, pero ya no llora.

A su lado un hombre que la mira, y le pregunta incesantemente cuándo saldrá el tren. Ella, sin ningún ápice de bordería, le contesta que esté tranquilo, que nadie puede parar el tiempo y que esto saldrá a su hora. El hombre se acomoda, y mira tras la ventana. Observa a los que se encuentran en el andén, con la cabeza alta, para que aquéllos que se marchan no se lleven una triste sonrisa, pero él sabe lo que ocurre cuando el tren desaparece tras la montaña, cuando la vista ya no alcanza. Él sabe que son las lágrimas las que llenarán, ahora, el andén.
Una voz avisa que el tren se dispone a marchar. El hombre la mira. Y ella sonríe.
Esa sonrisa le ha supuesto diez minutos de imágenes parpadeantes, imágenes que se le amontonan, que se le agolpan en la retina, y las expulsa al corazón, para que algún día, muy pronto, logre unirlas y componer su patria, su pequeña historia en este gran mundo de historias. Y la suya empezaba a escribirse, justo cuando aquel hombre le sonrió. Pero ella, eso, no lo sabía.
Hace tiempo que ha dejado de ser una niña, y eso ella sí lo sabe. Incluso podría ponerle fecha a su madurez cuando una tarde, a la salida del colegio, la insultaron porque siempre le iba a recoger un señor mayor, su abuelo, y le gritaban que era adoptada, que era un bicho raro, de otra galaxia…
Sí, los niños pueden llegar a ser muy crueles. Pero lo que esos niños no sabían y nunca llegarán a saberlo es que eso a ella ya poco le importaba. Vio morir a sus padres, y a su abuela.
Ese día entendió que las personas, para superar los malos momentos que trae la vida, nos cosemos una coraza que nos recubre todo el cuerpo, incluso la mente, incluso a veces el corazón, y así nos hacemos fuerte. Pero ella no sabía que debajo de esa coraza se escondían más corazas y que desprenderse de ellas resultaría no difícil, sino doloroso.
Echó la cabeza a un lado, hacia la ventanilla, y quiso ser tantas cosas por un momento… La velocidad, el paisaje, las sensaciones, el olor, el aire… El aire. Recuerda que antes mandaba mensajes a su abuela y a sus padres. Solo dejaba que las palabras se las llevara el viento, y secase sus lágrimas… Así consiguió su abuelo mantenerle viva la ilusión, aquélla que de un plumazo le robaron.
- Me han robado la ilusión, abuelo. Me la robaron...

Llevaba muchos años sin ver a su abuelo y meses sin saber noticias suyas, nada. Y se temía lo peor. Un día sonó el teléfono. Era Amanda, la enfermera. Don Pablo había empeorado. El Alzheimer, dentro de poco, llevaría las riendas de su vida, y entonces él no la reconocería, y ella querrá morir con él. Lo único que sabe de su familia está en su abuelo. Y a su abuelo le requerían en el cielo, como él solía decir. Y volvió a verse sola, sola, maniatada hasta el alma… Y no pudo contener el llanto.
El viaje duraría cuatro horas, aproximadamente. Cuatro horas…
Le temblaba el corazón solo de pensar que al llegar podría ser tarde, pero ansiaba abrazar a su abuelo, después de tanto, y decidió alimentar así su esperanza: rellenándola con abrazos cortos, ligeros, vistosos y coloridos, repletos de magia, repletos de segundos, minutos, horas… Ojalá los abrazos pudieran detener el tiempo.
Volvió a girar la cabeza, esta vez para donde estaba el señor de antes. Él seguía mudo, con la mirada perdida en algún lugar del mundo, en unos ojos prohibidos, tal vez, y en sus manos sostenía la experiencia de muchos años que quedaron atrás, años en los que las corazas no tenían validez.
La vida, esa pequeña sensación de sentirse vivo, de notar, palpar y sentir cada ápice de movimiento que se desarrolla en el espacio de un segundo. La vida, esa manera de entender qué es vivir… Un ladrillo, otro, y otro... y, de repente, un resbalón, un tropiezo, y vuelta a empezar.
Y todo gira, gira y sigue girando, impulsado por las manos de aquéllos que ya no están.

A los once años ingresó en un colegio de monjas, y allí permaneció, hasta cumplir la mayoría de edad, cuando un día, leyendo una de las muchas cartas que le escribía su abuelo, leyó en un margen: tu historia la guardo dentro de mí. Ven a verme, cuando seas mayor, y juntos tejeremos tu pasado.
En su mesilla, todas las noches, tachaba con una cruz  en el calendario los días que restaban para ese día, el día en que se hacía mayor de edad, aunque solo ella sabía que había dejado de ser pequeña hace mucho tiempo, tiempo atrás, aquella tarde de colegio…
Seguía mirando al hombre de la ventanilla, absorta, deseando por un momento que la magia impregnara su vida, y que fuera él su abuelo, y que pudiera abrazarle y decirle que le quiere, a pesar de que él bien lo sabía. Deseaba volver a empezar, ser aquella niña risueña y soñadora que nunca, jamás, dejó de sonreír y reír, reír y llorar, llorar y, fácilmente, olvidar. Sabía que la suerte, aquel fatídico día, se cruzó con ella y con su familia. Gran parte de la vida depende de la suerte, y eso es algo que no podemos controlar, algo que se escapa de nuestras manos, que no está al alcance de nuestra voz, por mucho que la elevemos. Ése es uno de los grandes errores del hombre: creerse capaz de manejar todo lo que habita en la tierra. 
Y eso ella lo sabía.

El tren fue disminuyendo la velocidad. Las cuatros horas del trayecto se cumplían. El encuentro se llevaría a cabo, y ella entonces saborearía, de nuevo, la felicidad.
El hombre de la ventanilla fue el primero en bajar, y el primero en desaparecer entre la multitud arrolladora que busca una cara conocida, que con los brazos abiertos se agolpa, deseando de alcanzar los brazos que corresponden. Aquel hombre desaparecería, sin más.  
Los taxis esperaban fuera de la estación.
- A la calle Río de Lerma, a la altura del geriátrico, por favor.
Caras nuevas, edificios nuevos, sonrisas distintas, hasta el cielo allí parecía pintado con dos manos de azul. El taxímetro aumentaba, como su pulso.
Caras nuevas, vestidos nuevos… Pero en las calles la misma pobreza. En la esquina hay un hombre en huelga de hambre desde hace ya 35 días, le explica el taxista. El motivo de su huelga es que le han quitado la tutela de sus hijos, solo porque asiste a unas reuniones de alcohólicos anónimos. Y allí, más adelante, juegan los niños gitanos, entre chabolas. Aquí se les tiene prohibido acercarse a los payos. Y allí… Pero la chica ya no podía seguir oyendo más. ¡Cuánta incomprensión en este mundo! ¡Cuánta falta de confianza! ¿Quién entonces creerá a ese hombre que lucha por salir de su vicio? ¿Quién entonces se atreve a decir que el racismo es de un país a otro, si en este país, la tolerancia es igual a cero? ¿Quién?...
La bocina de un coche la sacó de su ensimismamiento. Justo habían llegado al geriátrico. Era un poco tarde, ya había oscurecido. Subió las escaleras, maleta en mano. Se dirigió a recepción. Tocó el timbre. Nadie. Espera. Vuelve a tocarlo. Escucha de fondo unos pasos. Justamente esos pasos son de Amanda, la enfermera que cuida a su abuelo. Le acompaña hasta su habitación. Le explica que ha ido empeorando desde su llamada, aunque ahora se mantiene estable, si es que estable puede llamarse a ese estado.
Su pulso sigue acelerado. Temblorosa empuja la manilla y abre la puerta…   
Una luz tenue, bajita acomoda a la habitación, y puede distinguir la figura de un hombre recostado en la cama, pero con los brazos abiertos, esperando ese abrazo, su abrazo, el que tantas veces había imaginado. Aún me recuerda, ésa es buena señal, se dice a sí misma, pero lo que no sabe es que su abuelo mantiene sus brazos abiertos desde hace meses, desde hace años, sabiendo que un día llegaría su nieta a abrazarla, esperando ese abrazo, su abrazo.
Y volvió a verse sola, maniatada hasta el alma, pero sola (con su pasado a medias y sin ningún control de su futuro. Y entendió que viajar a esa parte de su vida solo se quedaría en un intento, en un deseo, esta vez, inalcanzable. Y entonces, sin saber por qué, recordó al hombre de la ventanilla de al lado.....)

1 Kommentar tonight Permalink 10.4.07 16:11, Comment

 

 

(Words are flying out like endless rain into a paper cup..)

tonight Permalink 19.4.07 23:12, Comment

Una vez más.......Silvio

¿Qué hago ahora contigo?

Las palomas que van a dormir

a los parques ya no hablan conmigo.

¿Qué hago ahora contigo?

Ahora que eres la luna, los perros,

las noches, todos los amigos.

 

tonight Permalink 26.4.07 21:06, Comment

de vuelta a la prehistoria

 

Lo hice. Lo he hecho. Me he derrumbado antes de tiempo.

Lo he hecho, y he vuelto a llorar. Y ya no estabas tú para acurrucarme, y tampoco estabas tú para calmarme, ni tú para escucharme... porque he ido alejándome de mi mundo, porque me han ido cambiando no las cosas sino a mí, porque decidí vivir la vida sin penas ni alegría, y ahora lo único que tengo es la sensación de estar perdida, y de que todo se me hace inmensamente grande...

Porque creo que todo marcha bien, y creer en ello es donde está el fallo (cuando dejas de sentir... dejas de ver la vida)

Porque sigo sin saber explicar qué es lo que me pasa realmente.

 

 

*no he tenido que ver la película "Martín (Hache)", al menos de momento.

tonight Permalink 30.4.07 15:42, Comment