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08/04/2008
Me siento a repostar en mi sillón de los recreos, y me vuelvo para atrás: no hay sitio en la azotea.
Los soldados se han vuelto buenos. Ahora disparan hacia el cielo, y uno a uno los pájaros van cayendo
(¿Con quién volaré entonces?)
¡Qué estímulo más pretencioso el querer abrir la vida, sin entender, siquiera, qué es la vida!
Soy una marioneta de risas inequívocas. Mis cuerdas, estoy segura, están hechas nudos.
Y no me encuentro.
Pretendo que mis dedos se alarguen tanto que pueda tocar el cielo con una mano y, con la otra, la tierra, y no caerme nunca, sostenerme en el equilibrio de la naturaleza.
Y que la rutina me envuelva en papel de regalo, y me mande a la luna, o más lejos, todo lo que ella quiera. Que se me olvide hasta mi nombre, que me vuelva negra, que me entierren en alguna maceta sin tierra, que me rieguen con sonetos, que brille por sí misma mi ausencia.